La noche está para vivirla, y para leer a Paul Auster.

A mí me da hambre la noche. Si salgo de noche, asalto la nevera al volver. Da igual la hora que sea, o lo cansada que esté, solo pienso en tortilla de jamón poco cuajada; y en que no amanezca, porque si se hace de día dispongo de un día menos. También leo mucho de noche; me escucho a mí misma mejor, y oigo crujir las páginas, porque yo leo en papel, y lo hago con luz amarilla; la luz blanca machaca el cerebro…

IMG_20181107_205353

Tengo unas tazas preciosas, y solo las uso de noche. No son tazas para el día, son perfectas para las tres de la madrugada, o las cinco, cuando ya hace frío en la calle y no hay un alma; y sales del local abarrotado, plagado de luz y borrachos, y caminas con prisa por esa ciudad que ahora es otra, pensando en tus sábanas blancas, en tus tazas, y el libro de Auster.

La calle la invaden las sombras,  y solo percibes un taconeo en la acera; el tuyo. Se te cruza un gato asustado, y la ciudad no es la misma, como las tazas, que de día pierden lustre, y ni siquiera las miras.

No entiendo a Auster de día, pero de noche me encanta. A la taza se le ha roto un asa, y ni siquiera sé cómo ha sido.

Deja un comentario