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Me ha impactado «Nunca me abandones», de Kazuo Ishiguro.

La narradora recuerda su infancia en, lo que en apariencia, es un idílico internado inglés. Vigilados por los «custodios», van creciendo aislados del exterior.

El autor sugiere, pero nunca muestra con claridad, y el el aire, en cada escena, flota una idea siniestra: De algún modo, algún día, estos niños creados por una sociedad técnica, se convertirán en «donantes» de otros seres humanos.

El ganador del Nobel nos sumerge en un relato distópico que obliga a reflexionar sobre la muerte, sobre el amor, sobre el destino y la libertad. Nos preguntamos qué nos hace humanos, y cuál es nuestro fin.

Lo que escucho cuando escribo

Escribo en silencio, pero las ideas llegan con música. Esta es mi lista favorita de Spotify, la que escucho mientras salgo a correr o conduzco.

Otoño en el oriente asturiano.

Amaneció soleado. Nos alejamos de Llanes bordeando la costa por senderos escarpados. A un lado ruge el Cantábrico; al otro se alzan montañas.

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Aldeas marineras, playas salvajes, campo limpio y bosque oscuro… Uno de los litorales menos explotados de la península.

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Un alto en el camino; sidra, y erizos de mar frente a la playa de Poo. Unos parroquianos hablan de caloca, ese alga valiosa que tapiza la arena mojada.

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De nuevo en la senda, gaviotas, gatos y un burro. Huele a sal, se oye el mar, su bramar fiero.

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Esto es el norte, aquí no hay semáforos, y el cielo amenaza. Barro y piedras en el suelo; a lo lejos pasa el tren, vestigio de tiempos lejanos.

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Viejas casas vacías en lejanos pueblos perdidos. El ser humano es gregario, tanto vacío atormenta.

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Vuelta a Llanes; pies cansados y fango en las suelas. Bullicio y plazas, comercio y risas. Junto al puerto, redes secándose al sol. Gente en las terrazas con la vista clavada en el móvil. No hablan; cuando lo hacen, es sin mirarse, absortos su pantalla

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Va a llegar la galerna, pero aún hay sombrillas abiertas. Los mejillones saben a mar, y el tipo los sirve a desgana. No le gusta la gente, pero tiene que vivir de algo. Una vez oí decir que nunca ganamos dinero; el dinero nos gana a nosotros.

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«Bella del Señor», de Albert Cohen.

Hoy apenas he dormido; un libro me ha desvelado.

Mi novela favorita es La edad de la inocencia, de Edith Warthon, pero hace unas semanas, en una libreria de de Sevilla, di con un viejo ejemplar de Bella del Señor, de Albert Cohen.

Había oído hablar de la obra, y ahora me preguntó cómo no la leí  antes.

Solal, un alto funcionario judío, se enamora de Ariane, esposa de un subordinado. Él es culto, cruel, prepotente y caprichoso. Ella es joven y bella; está hastiada, y describe con ironía el circo social que la rodea.

Su desgarradora historia se desarrolla en Ginebra, en 1936, en pleno auge del antisemitismo alemán. Y el relato principal, de celos, pasión y desesperación, se completa con tramas de unos personajes secundarios retratados con mordacidad.

Este es un libro sobre el amor y sus fases. Del amor que nace, del ansia física del principio, de la sed explosiva; y de su perdida insoportable, de la muerte agónica de una pasion que aruina la vida de los amantes, abocandolos a un tedio atroz.

La crítica compara esta obra con las de Proust, Joyce o Céline.

Albert Cohen fue un autor tardío. A los sesenta años dejo su trabajo como diplomático para dedicarse a la literatura, y publicó este libro a los setenta y tres.

Un apunte más. La ilustración de la portada de esta tercera edición, es de Tamara de Lempicka, máxima representante del Art Déco.

Hasta el 24 de febrero, en el palacio Gaviria de Madrid, se podrá contemplar  una retrospectiva de su obra.

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Leyendo «No madres»

Algunas mujeres no tienen hijos. La maternidad se nos ha presentado como la fuente de plenitud por excelencia, pero la autora penetra en los motivos que nos hacen pensar así, en lo que nos empuja a perseguir «ser madres» como culmen de la realización.

Después de repasar su propia situación personal (su obsesión por convertirse en madre estuvo cerca de hacerle perder todo lo demás), relata sus conversaciones con algunas «no madres» convencidas de su opción, satisfechas y silenciadas durante décadas. Rosa Montero, Soledad Lorenzo, Maribel Verdú, Alaska, Paula Vázquez, Mamen Mendizábal… Y nos muestra un abanico de alternativas, de posibilidades y caminos para lograr la felicidad sin optar por la vía estándar.

Un trabajo documentado, honesto y crítico que se lee de un tirón.

La noche está para vivirla, y para leer a Paul Auster.

A mí me da hambre la noche. Si salgo de noche, asalto la nevera al volver. Da igual la hora que sea, o lo cansada que esté, solo pienso en tortilla de jamón poco cuajada; y en que no amanezca, porque si se hace de día dispongo de un día menos. También leo mucho de noche; me escucho a mí misma mejor, y oigo crujir las páginas, porque yo leo en papel, y lo hago con luz amarilla; la luz blanca machaca el cerebro…

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Tengo unas tazas preciosas, y solo las uso de noche. No son tazas para el día, son perfectas para las tres de la madrugada, o las cinco, cuando ya hace frío en la calle y no hay un alma; y sales del local abarrotado, plagado de luz y borrachos, y caminas con prisa por esa ciudad que ahora es otra, pensando en tus sábanas blancas, en tus tazas, y el libro de Auster.

La calle la invaden las sombras,  y solo percibes un taconeo en la acera; el tuyo. Se te cruza un gato asustado, y la ciudad no es la misma, como las tazas, que de día pierden lustre, y ni siquiera las miras.

No entiendo a Auster de día, pero de noche me encanta. A la taza se le ha roto un asa, y ni siquiera sé cómo ha sido.

He leído «Cicatriz», de Sara Mesa.

Sara Mesa deslumbra con este retrato opresivo del afán consumista, la soledad y las obsesiones de la sociedad de hoy. Lo hace poniendo el foco en la relación virtual que se establece entre dos desconocidos, en el vínculo que crean mediante un inquietante intercambio de objetos.

La lectura no es amable, ciertos pasajes incomodan, hurgan en nuestros anhelos profundos, pero al mismo tiempo es original, reveladora, y muy profunda.

Sobresaliente.

Sevilla tuvo que ser

Durante meses he estado indecisa sobre el lugar en que ambientar mi nueva trama.

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Hace unos días visité Donostia, y ya lo tenía claro, pero nada más pisar la ciudad del Guadalquivir regresaron las dudas. Soy un poco veleta, y como reza la canción que cantaba mi padre en la ducha, «Sevilla tuvo que ser».

José Feliciano, era el intérprete de «Dos cruces», una tonada melancólica que ya se escucha poco.

Viajo a Sevilla con frecuencia, pero en esta ocasión la he contemplado con otros ojos. Sus plazas, los patios, el bullicio de sus calles; el color de los naranjos… todo eso se había desvanecido, y frente a mí solo se alzaba el escenario perfecto para que la inspectora Lucía Moro se enfrente al caso de su vida. Quizá fuera por la lluvia, o por la luz lánguida de noviembre…

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Sevilla es una urbe cosmopolita y dinámica que imprime imágenes de intensa potencia en la retina. Con su río, sobrio y poderoso, con sus callejas, intrincadas y sombrías en una tarde de lluvia…

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Y ahora me planteo un dilema, lo que en realidad es genial, porque las encrucijadas nos hacen tomar un camino alternativo al que nos marca la inercia. Sevilla, o San Sebastián.

Lápices del cero.

Me obsesionan los lápices del cero, y me gusta que estén muy afilados. Para quienes no lo sepan, son los de la cabeza naranja.

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Mi fijación llega al punto de haberle transmitido la manía a uno de mis personajes, la inspectora Herreros.

He reflexionado sobre ello, y lo he hecho con un lápiz del cero bailando entre mis dedos. He llegado a varias conclusiones.

  1. Estos lápices ya existían cuando yo era niña. Se han extinguido los cuadernillos Rubio, al menos como yo los conocía; la punta del boli BIC ya no es la misma, ni son iguales las farolas, ni las pastillas de jabón, ni las bolsas de gusanitos. Pero los lápices del cero, las playeras Converse, y las cazadoras de borreguito mantienen su esencia. Y eso me aporta la seguridad de permanecer en mi círculo de confort.
  2. Un lápiz del cero no se queda sin batería, ni sin tinta. No pierde la cobertura, ni se atasca, ni caduca. Es fiel, es eterno. Funciona sea cual sea la temperatura, el país; no hay que reiniciarlo, ni necesita antivirus. Yo tengo más de veinte, y no los he asegurado, ni les he cambiado jamás el aceite. No piden pan sin gluten. Lo compras, lo usas sin manual de instrucciones, sin accesorios ni mantenimiento. Y eso nos hace ahorrar dinero, tiempo, y momentos de encabronamiento.  Como mucho, alguna vez, requieren un sacapuntas. Aunque también pueden afilarse «a cuchillo».
  3. Están fabricados con materiales biodegradables y abundantes cuyo procesado no contamina: Madera y grafito. Para manufacturar un lápiz no hay que quemar petróleo, ni aniquilar ballenas, ni explotar minas de coltan o mercurio. Un lápiz no lleva plástico, ni amianto. Su empleo no consume electricidad ni produce humo, radiación, ni calor o nicotina en el aire. Lo pueden usar los veganos.
  4. La mina del lapiz tiene la misma composición que el diamante. Es carbono puro con una estructura ligeramente distinta. El grafito conduce la electricidad, y si se sometiera a presiones extremas podría transformarse en diamante.
  5. Es ergonómico, no pesa, no carga las cervicales, ni mancha, ni huele. No emite luz azul que nos irrite los ojos. Se manipula con facilidad porque es ligero y alargado.
  6. Es bonito. Elegante. El negro y el amarillo de sus rayas combina a la perfección, lo que permite localizarlo con facilidad. Cabe en cualquier sitio, y cuando sales a correr puedes emplear un lápiz para amarrarte el pelo. También tiene otros usos, como marcar la página del libro antes de cerrarlo, sujetar una puerta para que no golpee, o batir un yogur. Con varios lápices tendrás un tutor para orquídeas, o una aguja para tejer una bufanda de punto. Yo los he empleado como regla, y en una conferencia pueden sustituir al puntero láser.
  7. Es barato. Y lo venden en cualquier parte. No hay que pagarlo a plazos, ni dar muchas vueltas para encontrar uno; o los que sean.
  8. Se puede emplear para hacer un retrato a carboncillo. Lo usan los albañiles, los ingenieros, las modistas y los carpinteros. Todo el mundo necesita un lápiz.
  9. Se borra (ojo a eso). Lo que escribas con él no va a captarlo ningún pirata informático.
  10. Si el lápiz es del cero, obtendrás un buen trazo oscuro aplicando una leve presión. Es eficaz, ofrece un servicio óptimo empleando la mínima energía. Te hace sentir poderoso, y con uno en la mano, llegarás a cualquier parte.

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Lápiz del cero afilado «a cuchillo»

Releyendo «Open», de André Agassi.

Un chute de adrenalina que arrasa en librerías.

Hay muchos libros de memorias, y luego está Open, que trata sobre la lucha que entraña ser uno mismo, sobre la dificultad de ser hijo, la superación, la desesperación, el miedo y la rabia.

En el capítulo 42 de El cielo de tus días, la Inspectora Herreros lee Open mientras viaja en tren a Bilbao.

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El protagonista es el tenista André Agassi; a lo largo de su vida conoce la soledad, el amor, el desamparo. Se ve abocado al vacío de un matrimonio fracasado, a la amistad perdida, a las presiones de una familia extraña.

En ocasiones tira la toalla, pero siempre resurge de sus cenizas, porque también hay luz en Open, esa fuerza que nos impulsa a avanzar.

El tenista desnuda su alma. Hijo de un padre estricto, se somete a una disciplina férrea que lo conduce a los primeros puestos de la ATP, pero detesta lo que hace; levantarse de la cama cada día acaba suponiendo una tortura.

Es uno de los mejores libros que puedo recomendar, cargado de sentimientos y razones universales, de pasajes conmovedores para cualquier ser humano, sea cual sea su edad.

«Así se domina el mundo»

«Periodismo es imprimir lo que otros no quieren que se imprima. Todo lo demás, son relaciones públicas». G. Orwell.

Sabiendo que sigo a Pedro Baños, me regalaron este libro, y me lo he bebido como si fuera un tequila.
Dibuja con maestría el abanico de actores del panorama mundial; y analizado bajo el prisma de la psicología, esboza un retrato certero del comportamiento humano en distintos escenarios.

El peso de la economía, de los recursos energéticos, de la situación geoestratégica. Las alianzas efímeras o duraderas, la manipulación y la desinformación a que nos someten.

La dinámica de la política exterior es análoga a la de cualquier organización: una empresa, una familia, una escuela…
Propaganda, pensamiento único y postverdad.
Fascinante, revelador y ambicioso.

Unos días en Donosti

En parte he seguido los pasos de Álex Ayala en el capítulo quince de El cielo de tus días. 

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Monte Igeldo desde la playa de la Concha

Pero el verdadero motivo de la visita es que dudo entre Cádiz y Donosti para localizar mi nueva novela.

En la bahía de la Concha hay un pequeño islote. Con marea baja se puede llegar nadando desde la playa, porque se encuentra a escasos quinientos metros.

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Isla de Santa Clara y monte Igeldo desde el monte Urgull

La Concha está flanqueada por dos montes, el Igueldo, y el Urgull. A ambos, se puede ascender caminando.

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Monte Urgull y bahía de la Concha desde el monte Igueldo
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La ciudad desde el Monte Urgull

Urgull significa orgullo, y su perímetro está minado por polvorines y fuertes. En el siglo XIX, los donostiarras se defendían de la invasión francesa. En la cumbre se alza un Cristo de doce  metros de altura.

El paseo Nuevo bordea al Cantábrico desde la base del monte Urgull. En invierno el temporal y las galernas suelen provocar su cierre.

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Las olas baten el paseo Nuevo

Donosti es más que la bahía de la Concha. Son paisajes imponentes, monumentos naturales, es cultura y gastronomía.

Huele a sal, y la ciudad conjuga el carisma de las villa del Cantábrico con el ambiente cosmopolita de las capitales europeas.

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Río Urumea atravesando la ciudad a pocos metros de su desembocadura.
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Monte Igeldo desde el paseo Nuevo

El monte Ulia se encuentra al final de la playa de la Zurriola, y muestra unas vistas imponentes. Desde allí se puede atravesar el monte hasta la cercana villa de Pasajes, pasando junto al faro de la Plata.

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Monte Ulia
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Puerto pesquero, a los pies del monte Urgull
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Puerto pesquero
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Arte urbano en la parte vieja
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Comiendo en Txuleta, como el Inspector Ayala en «El cielo de tus días»

La playa de la Zurriola se encuentra al otro lado de la ría del Urumea, en la zona del Gros; la potencia de su oleaje la hace ideal para los surfistas.

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Playa de la Zurriola desde el monte Ulia
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Iglesia de Santa María, en la parte vieja
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Monte Igeldo desde la parte vieja
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Típica barra de pinchos (cortesía de Casa Vergara)

En la parte vieja, hay dos tipos de habitantes. Los joxemaritarras,  bautizados en la iglesia de Santa María y los koxkeros, bautizados en San Vicente

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Puerto pesquero desde la subida al Urgull
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Iglesia de Santa María, parte vieja

En Donosti hay un gran ambiente nocturno. Copas, música y restauración.

Al final de la playa de Ondarreta, se ubican una serie de esculturas de Chillida, conocidas como El peine del viento.

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El peine del viento, de Eduardo Chillida

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Las esculturas son de 1976 y pesan más de treinta toneladas.

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Plaza mayor, parte vieja

El festival de cine se celebra cada año en San Sebastián desde 1953. También el de jazz. Algunos hoteles basan su decoración en las artes cinematográficas. En las imágenes, el hotel Astoria 7.

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Recepción del hotel Astoria 7
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Hotel Astoria 7, dedicado al cine.

Leyendo «Intrusión», de Tana French

No leo mucha novela policíaca, pero me fascinan las tramas de esta autora irlandesa que conjuga intriga y crítica social.

De sus trabajos, me quedaría con No hay lugar seguro. Pero su nuevo libro, Intrusión, ya me ha enganchado sin remedio.

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Los personajes son oscuros, profundos, ocultan secretos, y se mueven en el ambiente asfixiante de un Dublín opresivo, de los fríos barrios residenciales de una clase media empobrecida.

Un par de policías novatos investiga el caso de una mujer que aparece asesinada en su casa, impecablemente arreglada y con cena para dos en la mesa.

Lo que parece un asunto de violencia de género se va complicando por momentos. Un ser vil, de mente retorcida, observa los movimientos de la Policía muy cerca del lugar del crimen.

Giros imprevistos y reflexiones, cuentas pendientes y relaciones de dudoso fin. Tana French es sin duda una gran autora.

Un día en el monte Buciero

Este fin de semana subí al Monte Buciero.

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Quizá siguiera los pasos de Alicia, la cuestión es que allí siempre hallo inspiración.

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El monte se encuentra en una península, junto a la villa de Santoña, y recorrimos los doce kilómetros de perímetro que lo rodean en unas cuatro horas.

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Iniciamos la ruta al final del paseo marítimo, junto al Fuerte de San Martín, que data de la época de Felipe II.

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Los acantilados verticales se hunden en las aguas aceradas del Cantábrico, y las encinas forman una bóveda densa sobre la pista forestal.

En la imagen se puede ver la llamada Peña del Fraile.

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En el Buciero se oye el mar, y el crujido de las hojas secas, de las piedras del camino bajo las suelas de las botas.

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Huele a bosque, a madera noble y a libertad.

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Esta vez no bajé al Faro del Caballo, que data de mediados del siglo XIX, y se encuentra junto al mar, después de un accidentado descenso de mil quinientos escalones tallados en la roca por los presos del cercano penal del Dueso.

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El monte está sembrado de fuertes; la Batería del Águila, la de la Cueva, que data de la época napoleónica, y polvorines como el del Helechal o el del Dueso.
En la imagen podemos ver el Faro del Pescador, uno de los escenarios de la novela.

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IMG_20181012_114816De vuelta al pueblo, dejamos atrás el penal del Dueso, con la playa de Berria al fondo.

Y para acabar la jornada, tomamos unos pinchos por Santoña, una de las villas marineras con más personalidad del norte.

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Historia de una foto

Durante un viaje a Roma tomé una fotografía junto a una fuente en el Vaticano.

A mi agente, Justyna, le pareció buena idea que la imagen de mi mano bajo el agua, junto al dragón de piedra, me representara.

Pero en Italia no rige la libertad de panorama, y tuve que pedir permiso a los propietarios del edificio en que se halla la fuente.

Me gustaría agradecerle a Leonardo Visconti di Modrone, Governador General de la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalen, el permiso para emplear la foto como imagen de mi persona.

Si queréis ver la Fontana di Borgo Bechio, del siglo XVII y autoría desconocida solo tenéis que acercaros al Palazzo Della Rovere, en la ciudad del Vaticano. La fuente muestra los símbolos de los Borghese, el águila y él dragón, y se diseñó durante el mandato de Paolo V Borghese

http://www.ilsuonodellefontanediroma.com/scheda.php?fontana=Conciliazione.%20Fontana%20del%20Borgo%20Vecchio@Via%20della%20Conciliazione

Página de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalen

http://www.oessh.va/content/ordineequestresantosepolcro/es.html