Otoño en el oriente asturiano.

Amaneció soleado. Nos alejamos de Llanes bordeando la costa por senderos escarpados. A un lado ruge el Cantábrico; al otro se alzan montañas.

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Aldeas marineras, playas salvajes, campo limpio y bosque oscuro… Uno de los litorales menos explotados de la península.

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Un alto en el camino; sidra, y erizos de mar frente a la playa de Poo. Unos parroquianos hablan de caloca, ese alga valiosa que tapiza la arena mojada.

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De nuevo en la senda, gaviotas, gatos y un burro. Huele a sal, se oye el mar, su bramar fiero.

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Esto es el norte, aquí no hay semáforos, y el cielo amenaza. Barro y piedras en el suelo; a lo lejos pasa el tren, vestigio de tiempos lejanos.

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Viejas casas vacías en lejanos pueblos perdidos. El ser humano es gregario, tanto vacío atormenta.

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Vuelta a Llanes; pies cansados y fango en las suelas. Bullicio y plazas, comercio y risas. Junto al puerto, redes secándose al sol. Gente en las terrazas con la vista clavada en el móvil. No hablan; cuando lo hacen, es sin mirarse, absortos su pantalla

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Va a llegar la galerna, pero aún hay sombrillas abiertas. Los mejillones saben a mar, y el tipo los sirve a desgana. No le gusta la gente, pero tiene que vivir de algo. Una vez oí decir que nunca ganamos dinero; el dinero nos gana a nosotros.

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Sevilla tuvo que ser

Durante meses he estado indecisa sobre el lugar en que ambientar mi nueva trama.

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Hace unos días visité Donostia, y ya lo tenía claro, pero nada más pisar la ciudad del Guadalquivir regresaron las dudas. Soy un poco veleta, y como reza la canción que cantaba mi padre en la ducha, «Sevilla tuvo que ser».

José Feliciano, era el intérprete de «Dos cruces», una tonada melancólica que ya se escucha poco.

Viajo a Sevilla con frecuencia, pero en esta ocasión la he contemplado con otros ojos. Sus plazas, los patios, el bullicio de sus calles; el color de los naranjos… todo eso se había desvanecido, y frente a mí solo se alzaba el escenario perfecto para que la inspectora Lucía Moro se enfrente al caso de su vida. Quizá fuera por la lluvia, o por la luz lánguida de noviembre…

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Sevilla es una urbe cosmopolita y dinámica que imprime imágenes de intensa potencia en la retina. Con su río, sobrio y poderoso, con sus callejas, intrincadas y sombrías en una tarde de lluvia…

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Y ahora me planteo un dilema, lo que en realidad es genial, porque las encrucijadas nos hacen tomar un camino alternativo al que nos marca la inercia. Sevilla, o San Sebastián.

Unos días en Donosti

En parte he seguido los pasos de Álex Ayala en el capítulo quince de El cielo de tus días. 

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Monte Igeldo desde la playa de la Concha

Pero el verdadero motivo de la visita es que dudo entre Cádiz y Donosti para localizar mi nueva novela.

En la bahía de la Concha hay un pequeño islote. Con marea baja se puede llegar nadando desde la playa, porque se encuentra a escasos quinientos metros.

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Isla de Santa Clara y monte Igeldo desde el monte Urgull

La Concha está flanqueada por dos montes, el Igueldo, y el Urgull. A ambos, se puede ascender caminando.

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Monte Urgull y bahía de la Concha desde el monte Igueldo
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La ciudad desde el Monte Urgull

Urgull significa orgullo, y su perímetro está minado por polvorines y fuertes. En el siglo XIX, los donostiarras se defendían de la invasión francesa. En la cumbre se alza un Cristo de doce  metros de altura.

El paseo Nuevo bordea al Cantábrico desde la base del monte Urgull. En invierno el temporal y las galernas suelen provocar su cierre.

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Las olas baten el paseo Nuevo

Donosti es más que la bahía de la Concha. Son paisajes imponentes, monumentos naturales, es cultura y gastronomía.

Huele a sal, y la ciudad conjuga el carisma de las villa del Cantábrico con el ambiente cosmopolita de las capitales europeas.

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Río Urumea atravesando la ciudad a pocos metros de su desembocadura.
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Monte Igeldo desde el paseo Nuevo

El monte Ulia se encuentra al final de la playa de la Zurriola, y muestra unas vistas imponentes. Desde allí se puede atravesar el monte hasta la cercana villa de Pasajes, pasando junto al faro de la Plata.

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Monte Ulia
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Puerto pesquero, a los pies del monte Urgull
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Puerto pesquero
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Arte urbano en la parte vieja
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Comiendo en Txuleta, como el Inspector Ayala en «El cielo de tus días»

La playa de la Zurriola se encuentra al otro lado de la ría del Urumea, en la zona del Gros; la potencia de su oleaje la hace ideal para los surfistas.

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Playa de la Zurriola desde el monte Ulia
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Iglesia de Santa María, en la parte vieja
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Monte Igeldo desde la parte vieja
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Típica barra de pinchos (cortesía de Casa Vergara)

En la parte vieja, hay dos tipos de habitantes. Los joxemaritarras,  bautizados en la iglesia de Santa María y los koxkeros, bautizados en San Vicente

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Puerto pesquero desde la subida al Urgull
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Iglesia de Santa María, parte vieja

En Donosti hay un gran ambiente nocturno. Copas, música y restauración.

Al final de la playa de Ondarreta, se ubican una serie de esculturas de Chillida, conocidas como El peine del viento.

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El peine del viento, de Eduardo Chillida

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Las esculturas son de 1976 y pesan más de treinta toneladas.

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Plaza mayor, parte vieja

El festival de cine se celebra cada año en San Sebastián desde 1953. También el de jazz. Algunos hoteles basan su decoración en las artes cinematográficas. En las imágenes, el hotel Astoria 7.

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Recepción del hotel Astoria 7
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Hotel Astoria 7, dedicado al cine.

Un día en el monte Buciero

Este fin de semana subí al Monte Buciero.

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Quizá siguiera los pasos de Alicia, la cuestión es que allí siempre hallo inspiración.

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El monte se encuentra en una península, junto a la villa de Santoña, y recorrimos los doce kilómetros de perímetro que lo rodean en unas cuatro horas.

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Iniciamos la ruta al final del paseo marítimo, junto al Fuerte de San Martín, que data de la época de Felipe II.

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Los acantilados verticales se hunden en las aguas aceradas del Cantábrico, y las encinas forman una bóveda densa sobre la pista forestal.

En la imagen se puede ver la llamada Peña del Fraile.

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En el Buciero se oye el mar, y el crujido de las hojas secas, de las piedras del camino bajo las suelas de las botas.

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Huele a bosque, a madera noble y a libertad.

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Esta vez no bajé al Faro del Caballo, que data de mediados del siglo XIX, y se encuentra junto al mar, después de un accidentado descenso de mil quinientos escalones tallados en la roca por los presos del cercano penal del Dueso.

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El monte está sembrado de fuertes; la Batería del Águila, la de la Cueva, que data de la época napoleónica, y polvorines como el del Helechal o el del Dueso.
En la imagen podemos ver el Faro del Pescador, uno de los escenarios de la novela.

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IMG_20181012_114816De vuelta al pueblo, dejamos atrás el penal del Dueso, con la playa de Berria al fondo.

Y para acabar la jornada, tomamos unos pinchos por Santoña, una de las villas marineras con más personalidad del norte.

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Historia de una foto

Durante un viaje a Roma tomé una fotografía junto a una fuente en el Vaticano.

A mi agente, Justyna, le pareció buena idea que la imagen de mi mano bajo el agua, junto al dragón de piedra, me representara.

Pero en Italia no rige la libertad de panorama, y tuve que pedir permiso a los propietarios del edificio en que se halla la fuente.

Me gustaría agradecerle a Leonardo Visconti di Modrone, Governador General de la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalen, el permiso para emplear la foto como imagen de mi persona.

Si queréis ver la Fontana di Borgo Bechio, del siglo XVII y autoría desconocida solo tenéis que acercaros al Palazzo Della Rovere, en la ciudad del Vaticano. La fuente muestra los símbolos de los Borghese, el águila y él dragón, y se diseñó durante el mandato de Paolo V Borghese

http://www.ilsuonodellefontanediroma.com/scheda.php?fontana=Conciliazione.%20Fontana%20del%20Borgo%20Vecchio@Via%20della%20Conciliazione

Página de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalen

http://www.oessh.va/content/ordineequestresantosepolcro/es.html

Recorriendo el Cabo Billano

Partiendo de la playa de Gorliz, como los personajes de la novela, tomamos un sendero que nos lleva hasta el faro más alto del Cantábrico, de 165 metros.

Los acantilados que bordean el camino son agrestes, y en ocasiones, las galernas tormentosas impiden el ascenso rodado, como sucede en el libro.

A lo lejos, en el mar, puede verse la isla de Billano, con forma de dragón.

IMG_20180908_103823Bajo el faro, se encuentran los búnkers, una zona defensiva con cañones y pasadizos construidos en los años 40 para prevenir una hipotética invasión de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.

Cualquier época del año es buena para hacer una ruta por la zona recordando el capítulo 16.