Mirar a los ojos

Ayer leí en El País que no es la persona la que lee el eBook, sino el eBook quien lee a la persona; sabe qué lees y a qué ritmo.
Aquí una foto de agosto, estoy corrigiendo en papel.
En el trabajo, acudo a las reuniones con cuaderno en vez de tablet, y nunca se ha quedado sin batería.
Huyo de las pantallas como quien huye del carbunco, y mi sueño es comprar un móvil que solo sirva para llamar.
Ayer por la tarde fui a un Zara y me pidieron el número de teléfono para el ticket electrónico. Respondí que lo prefería en papel. Sí, el uso de papel fomenta la tala de árboles, pero la electricidad de la cacharrería electrónica no cae del cielo; hay que generarla, y eso también contamina. Por no hablar de los metales de las baterías…
Tengo seis cuentas de correo electrónico, dos de ellas son de Greta, y desde que llegó la pandemia paso más horas mirando pantallas que mirando a los ojos.
Ya no hay personas atendiendo en los bancos, ni en las gasolineras. El médico de cabecera consulta por teléfono, y se ha disparado el precio de los ordenadores.
Pantallas en vez de ojos.
Así que imprimo en papel, y su tacto y su olor, el boli sobre las fibras, me aportan más calma que diez sesiones de yoga.

MIEDO

«Miedo, es ver vacía la playa de Riazor un veinticinco de julio del 36».
Esta frase es de Manuel Rivas, y ya no sé recordar si la leí en un artículo, o la encontré en una de sus novelas.
«Miedo es ver vacíos los patios de las escuelas, los parques. No oír risas infantiles, ni lloros», añadiría yo.
Vivo frente a una escuela, y cada mañana, al salir a trabajar, compartía ascensor con tres o cuatro niños. A veces más. Luego, en la calle, cuando iba a por el coche, me los cruzaba acudiendo al colegio en manada; con sus mochilas, sus cartulinas, sus risas y sus problemas.
Los niños son un lujo.
En estos días, la mayor preocupación de los niños que conozco es si la cuarentena afectará al Ratoncito.
Hoy no bajo en ascensor, ni salgo con el coche. Solo me asomo a la ventana, y pienso que debe haber pasado el Flautista de Hamelin. Hoy no hay niños en la calle.
Nadie ha inventado nada desde los cuentos de hadas, y en esta distopía que nos ha tocado vivir los parques están precintados.
Eso es el miedo.

A LAS NIÑAS, HOY 8 DE MARZO.

A las niñas que eligieron pantalones para correr mejor, como la de la foto.
A las que debían estar en casa a las doce; sus hermanos llegaban cuando querían.
A las niñas sin habitación propia: dormían en un sofá cama, en el salón.
A las niñas con padres de letras que prefirieron las mates.
A las de padres de ciencias que estudiaron lenguas muertas.
A las que hoy, van con buzo.
A las niñas que son hijas y que nunca tendrán hijos.
A las niñas que hoy son madres, aunque en el fondo aún sean niñas.
A las desobedientes.
A las que se hartaron del camino, y llenaron de barro el calzado.
A las niñas que ayudaron a limpiar el polvo mientras sus hermanos leían; y rabiaban por la injusticia.
A las niñas que soltaron la mano de su madre; a las que se perdieron.
A las niñas que jugaban con los niños, que nunca vieron dos bandos.
A las niñas sin padrino.
A las niñas que soñaron.
A las niñas que escucharon, que luego decidieron libres.
A las niñas despeinadas.
A las niñas que nunca se sentirán inferiores.
A las niñas raras.
A las niñas que se quieren como son; se ríen del estereotipo.
A las niñas de ayer, a las de hoy. Completas en su diferencia.

La noche está para vivirla, y para leer a Paul Auster.

A mí me da hambre la noche. Si salgo de noche, asalto la nevera al volver. Da igual la hora que sea, o lo cansada que esté, solo pienso en tortilla de jamón poco cuajada; y en que no amanezca, porque si se hace de día dispongo de un día menos. También leo mucho de noche; me escucho a mí misma mejor, y oigo crujir las páginas, porque yo leo en papel, y lo hago con luz amarilla; la luz blanca machaca el cerebro…

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Tengo unas tazas preciosas, y solo las uso de noche. No son tazas para el día, son perfectas para las tres de la madrugada, o las cinco, cuando ya hace frío en la calle y no hay un alma; y sales del local abarrotado, plagado de luz y borrachos, y caminas con prisa por esa ciudad que ahora es otra, pensando en tus sábanas blancas, en tus tazas, y el libro de Auster.

La calle la invaden las sombras,  y solo percibes un taconeo en la acera; el tuyo. Se te cruza un gato asustado, y la ciudad no es la misma, como las tazas, que de día pierden lustre, y ni siquiera las miras.

No entiendo a Auster de día, pero de noche me encanta. A la taza se le ha roto un asa, y ni siquiera sé cómo ha sido.

Lápices del cero.

Me obsesionan los lápices del cero, y me gusta que estén muy afilados. Para quienes no lo sepan, son los de la cabeza naranja.

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Mi fijación llega al punto de haberle transmitido la manía a uno de mis personajes, la inspectora Herreros.

He reflexionado sobre ello, y lo he hecho con un lápiz del cero bailando entre mis dedos. He llegado a varias conclusiones.

  1. Estos lápices ya existían cuando yo era niña. Se han extinguido los cuadernillos Rubio, al menos como yo los conocía; la punta del boli BIC ya no es la misma, ni son iguales las farolas, ni las pastillas de jabón, ni las bolsas de gusanitos. Pero los lápices del cero, las playeras Converse, y las cazadoras de borreguito mantienen su esencia. Y eso me aporta la seguridad de permanecer en mi círculo de confort.
  2. Un lápiz del cero no se queda sin batería, ni sin tinta. No pierde la cobertura, ni se atasca, ni caduca. Es fiel, es eterno. Funciona sea cual sea la temperatura, el país; no hay que reiniciarlo, ni necesita antivirus. Yo tengo más de veinte, y no los he asegurado, ni les he cambiado jamás el aceite. No piden pan sin gluten. Lo compras, lo usas sin manual de instrucciones, sin accesorios ni mantenimiento. Y eso nos hace ahorrar dinero, tiempo, y momentos de encabronamiento.  Como mucho, alguna vez, requieren un sacapuntas. Aunque también pueden afilarse «a cuchillo».
  3. Están fabricados con materiales biodegradables y abundantes cuyo procesado no contamina: Madera y grafito. Para manufacturar un lápiz no hay que quemar petróleo, ni aniquilar ballenas, ni explotar minas de coltan o mercurio. Un lápiz no lleva plástico, ni amianto. Su empleo no consume electricidad ni produce humo, radiación, ni calor o nicotina en el aire. Lo pueden usar los veganos.
  4. La mina del lapiz tiene la misma composición que el diamante. Es carbono puro con una estructura ligeramente distinta. El grafito conduce la electricidad, y si se sometiera a presiones extremas podría transformarse en diamante.
  5. Es ergonómico, no pesa, no carga las cervicales, ni mancha, ni huele. No emite luz azul que nos irrite los ojos. Se manipula con facilidad porque es ligero y alargado.
  6. Es bonito. Elegante. El negro y el amarillo de sus rayas combina a la perfección, lo que permite localizarlo con facilidad. Cabe en cualquier sitio, y cuando sales a correr puedes emplear un lápiz para amarrarte el pelo. También tiene otros usos, como marcar la página del libro antes de cerrarlo, sujetar una puerta para que no golpee, o batir un yogur. Con varios lápices tendrás un tutor para orquídeas, o una aguja para tejer una bufanda de punto. Yo los he empleado como regla, y en una conferencia pueden sustituir al puntero láser.
  7. Es barato. Y lo venden en cualquier parte. No hay que pagarlo a plazos, ni dar muchas vueltas para encontrar uno; o los que sean.
  8. Se puede emplear para hacer un retrato a carboncillo. Lo usan los albañiles, los ingenieros, las modistas y los carpinteros. Todo el mundo necesita un lápiz.
  9. Se borra (ojo a eso). Lo que escribas con él no va a captarlo ningún pirata informático.
  10. Si el lápiz es del cero, obtendrás un buen trazo oscuro aplicando una leve presión. Es eficaz, ofrece un servicio óptimo empleando la mínima energía. Te hace sentir poderoso, y con uno en la mano, llegarás a cualquier parte.

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Lápiz del cero afilado «a cuchillo»

Historia de una foto

Durante un viaje a Roma tomé una fotografía junto a una fuente en el Vaticano.

A mi agente, Justyna, le pareció buena idea que la imagen de mi mano bajo el agua, junto al dragón de piedra, me representara.

Pero en Italia no rige la libertad de panorama, y tuve que pedir permiso a los propietarios del edificio en que se halla la fuente.

Me gustaría agradecerle a Leonardo Visconti di Modrone, Governador General de la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalen, el permiso para emplear la foto como imagen de mi persona.

Si queréis ver la Fontana di Borgo Bechio, del siglo XVII y autoría desconocida solo tenéis que acercaros al Palazzo Della Rovere, en la ciudad del Vaticano. La fuente muestra los símbolos de los Borghese, el águila y él dragón, y se diseñó durante el mandato de Paolo V Borghese

http://www.ilsuonodellefontanediroma.com/scheda.php?fontana=Conciliazione.%20Fontana%20del%20Borgo%20Vecchio@Via%20della%20Conciliazione

Página de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalen

http://www.oessh.va/content/ordineequestresantosepolcro/es.html

Primera entrada del blog

Muy pronto, mi primera novela verá la luz.

Su título provisional es El cielo de tus días.

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SINOPSIS

Quince años después del espeluznante asesinato de Alicia López, un mechón de su cabello aparece en el buzón familiar. El presunto asesino de la joven aún cumple condena en prisión, y mantiene su inocencia; ello provoca la reapertura del caso.

El inspector Brul, jefe de la Judicial, un tipo impulsivo y seguro de sí, toma las riendas de las investigaciones; oculta un turbio pasado, y haber mantenido una relación con la víctima no impide que se sumerja en esta trama colosal, alternando la voz narrativa con la Inspectora Herreros. Eficiente y metódica en su desempeño policial, se siente asfixiada por su rutina personal, y acorralada por sus sentimientos hacia Brul, decide dejar la ciudad.

Forman un gran equipo, sus diálogos son hipnóticos, la tensión sexual palpable, y absorbidos por el caso arrastran al lector hacia una espiral vertiginosa de dudas, mentiras y violencia.

Unos inquietantes correos anónimos esbozan los últimos meses de vida de la víctima, y le imprimen al caso un giro inesperado; nada es lo que parece. ¿Quién era Alicia? ¿Qué oculta Brul?

El thriller, ágil y elegante, se ambienta entre un Madrid frenético y un Bilbao lánguido; conjuga el ritmo trepidante de la novela negra con la profundidad psicológica de personajes contundentes, contemporáneos y atractivos.

La familia como modo de control, el conformismo, la enfermedad mental. La Justicia, el mundo de las mafias, la psicología de empresa. El sexo, las modas, el nuevo puritanismo. Todo desemboca en un final turbador e inesperado que sacudirá al lector, y lo hará reflexionar durante días.